martes 1 de diciembre de 2009

1 de diciembre


Hoy celebramos con ellos y le ponemos el hombro a Alex y José María

Vacunación compulsiva contra los prejuicios

miércoles 25 de noviembre de 2009

El rubio

Soy militante ferviente del morochismo masculino. Dame un Benicio del Toro, un Denzel, o un ohmygod Tye Diggs.
De hecho, me quedé con lo más parecido a un negrazo que pude conseguir: un hermoso morocho de la Paternal color café con leche.

Pero acá les voy a hacer una tremenda confesión: mi primer amor fue un rubio.

La primera vez que me dí cuenta que me iban a romper el corazón, yo tenía diez años. Lo crucé en la librería comprando un mapa. Uniforme verde de colegio alemán, ojos azules y pelo rubio. Se le cayeron unas monedas del bolsillo y yo lo ayudé a levantarlas. Ni me miró, ni me agradeció.
Así comenzó mi carrera desbocada por conquistar el corazón del Rubio. Fue maratónica, porque duró hasta entrada la adolescencia.


Éramos vecinos, yo era gordita y acomplejada y él era el galán infantil de la cuadra. No había chica que no escribiera su nombre en el diario íntimo. La infancia pasó sin pena ni gloria y yo pasé a ser una groupie más de su club de admiradoras incondicionales.


Hasta que empezó la adolescencia. Durante el verano, los chicos cancheros de la cuadra armaban una red de voley y en una calle cortada jugaban partidos que duraban hasta la hora de la cena.
Jamás me había destacado en el voley. Mido un metro y medio y en ese momento mi diámetro era casi de la misma medida. Pero sobreponiéndome a una humillación eterna, pasé en bicicleta por la cancha y me ofrecí a jugar. Fui un desastre, como podía esperarse, pero a partir de ahí dí por inaugurado un verano en barra, donde el protagonista indiscutido de todas las actividades era el Rubio de mis sueños.


Por supuesto que siguió ignorándome con una tenacidad admirable. Siempre había alguna más linda, otra con un talle más de corpiño o tal vez alguna que no tenía problema para regalarle sesiones de chupones y toqueteos en el palier de su casa.
Cuando comenzamos el CBC, coincidimos en varias clases juntos. A veces me esperaba a la salida, apoyado en su 147 color crema y volvíamos juntos escuchando la radio. Otras veces, nos encontrábamos casualmente en el colectivo y repasábamos apuntes durante el viaje. Pero el Rubio desconocía una técnica que yo había implementado a la perfección.

Todas las mañanas lo esperaba agazapada con mi mochila calzada y las monedas listas para subir al colectivo. Espiaba detrás de la cortina del living hasta que lo veía pasar rumbo a clases. Contaba en silencio hasta diez, cerraba la puerta de un portazo y corría como una tromba hacia la parada del colectivo. Aparecía con cara de distraída “Hola, vas para la Facu?”, mientras el Rubio ajeno a mis estrategias, festejaba el encuentro casual y me hacía un lugar en el asiento de al lado.


Yo me convertí en su siempreamiganuncanovia. Y soportaba estoica, cada vez que él lloraba porque la pelirroja de Pensamiento Científico no le había dado bola en Parada Cero el sábado anterior.


Todo dio un rumbo drástico cuando fuimos juntos a ver a Los Rodríguez.
Hacia el final del recital, mientras Andrés rasgaba las inconfundibles notas iniciales de “Me estás atrapando otra vez”, finalmente me animé. Y en la oscuridad del teatro, sin mirarlo a la cara, estiré los dedos y le agarré la mano. Escuché todo el tema sin soltarlo, con los nudillos blanco de tanto apretar y con la mandíbula rígida por los nervios. Nunca lo miré y él tampoco. Soltó mi mano para aplaudir y no mencionó el tema jamás.


Hace poco nos reencontramos en la calle después de casi diez años sin vernos. Tiene los mismos ojos azules bellísimos, un humor ácido irresistible y una hija hermosa, rubia como él.


Pero, proféticamente, mi Rubio se quedó pelado.

viernes 20 de noviembre de 2009

say cheese




Camino a casa, entré a una fiambrería que no conocía. La atendían tres cincuentones grandotes con panzas prominentes. Seguramente tendrían los triglicéridos por las nubes a la fuerza de trabjar años en ese paraíso del colesterol. Y por supuesto, y gracias a alimentarse a puro queso cheddar, los tres tenían un humor excelente.

Me dijeron “reina”, “vida”, “mami, para cuando esperás?” y todo eso en menos de tres minutos.

Me hicieron probar el queso que compré. El Gordo número 1 me contó el pedigrí de las aceitunas con un esmero tal, que casi podía imaginar al chacarero cosechando las olivas en un campo de La Rioja. Le pregunté el precio del pategrás y esta vez me lo dio a probar junto a una tostadita de pan de campo.

Me entusiasmé y compré unas alcaparras, y como Gordo Nro. 2, que estaba en la caja no se acordaba del precio, me dijo “te las dejo a 4 pesos, mami, cualquier cosa si es más o menos, me avisás”

Se convirtieron en mis fiambreras favoritos. Mañana vuelvo a visitarlos, pero a la hora del almuerzo, así me tomo un vermouth con ellos y me corono Reina del Pategrás

miércoles 11 de noviembre de 2009

easy rider



Un rito adolescente que todos soñamos con atravesar, es el del viaje iniciático.

Es la fantasía de salir en búsqueda de algo, que nunca se sabe bien qué es, lejos de los adultos y con la posibilidad de encontrar al amor de tu vida en el trayecto. Pero, fundamentalmente, de esos viajes nunca nadie regresa siendo la misma persona. Un poco más adulto, tal vez.

De hecho, el cierre de la vida educativa juvenil argentina se corona con el viaje iniciático por excelencia: el viaje a Bariloche.
Claro que dista mucho de los viajes de Ulises o del Quijote. Ni siquiera se acercan a los viajes de Marty Mc Fly. Termina siendo un fiasco donde no se desayuna, se almuerza mal y se cena peor. Y donde solo en algunas honrosas ocasiones, no se cumple el objetivo inicial (que es coger con alguien, por supuesto).


Tomábamos mate con Coqui, mientras charlábamos de las ganas de vacaciones y de subirnos a un auto y salir a la ruta.


- Dire, hablando de viajes, ayer ví una película que me dejó re pensando.

- Qué película viste, Coqui?

- Una de un chabón que se iba con su amigo, los dos en una moto, a recorrer países. Te juro que yo quiero tener una vida así, luchar por mis ideales, viajar sin límites de horarios y sin tener que laburar. Pero no me acuerdo el nombre de la película.

- Con Gael García Bernal? No es la de la historia del Che?

- Ehhhhh, no me acuerdo. Se trata de dos pibes que eran estudiantes de medicina, uno es cordobés. Después se les rompe la moto y terminan trabajando en un lugar de leprosos.

- Sí, Coqui. Cuenta la historia del Che cuando era joven.

- Si, tenés razón. "Diarios de un motoquero", creo que se llama.

jueves 5 de noviembre de 2009

Acá va una historia de esas que ustedes disfrutan, picarones:
Otro maravilloso aporte de mis jóvenes púberes durante los talleres de sexualidad




Cuando yo tenía quince, las clases de Educación sexual eran bastante limitadas. Nos proyectaban un video de Johnson's & Johnson's y a la salida nos regalaban un tampón.

En mi colegio -católico y un tanto progre, pero no lo suficiente como para proclamar la liberación sexual femenina- las clases las daba una monja.

No sé si existe la misoginia al revés, pero juro que esta señora era la abanderada del odio a los hombres. Detestaba todo lo que pudiera asemejarse a un encuentro cercano con el otro sexo.

Esencialmente era un clon de Torquemada que se dedicaba a transmitir información errónea y cargada de dogmas.


Impávida, nos decía cosas como:


"Chicas, cuidado cuando tengan sesiones de besos profundos con sus parejas. Conozco muchos casos de mujeres que quedaron embarazadas por juguetear con sus novios. Aunque no tengan penetración, los espermatozoides son algo traviseos y pueden penetrar la tela de la ropa interior"


"Ponerse un tampón es lo mismo que masturbarse. Usen toallitas que es más higiénico."




Yo llegaba a mi casa con los ojos grandes como platos y preguntaba. "Papá, es verdad que....?". Mi mamá se descostillaba de risa de las burradas que nos decía la monja y mi papá se debatía entre hacerle una denuncia o colgarla de las patas en la plaza de Olivos para que la ajusticien.
Con paciencia y sin prejuicios, mis viejos se encargaban de desandar el camino que la educación católica había intentado torcer.


Hoy estoy segura que mis jóvenes púberes tienen referentes mucho más informados, menos prejuiciosos, que se ocupan de transmitirles que el sexo es maravilloso y que es un encuentro con el/la otra/o.


En eso estábamos, durante un taller de sexualidad con los chicos. Discutiendo sobre el uso del preservativo.



- Yo no uso preservativo, porque no me gusta usarlo -sentenció Guille

- Ajá. Tal vez porque no lo estás colocando bien.

- No, no es eso. Es que me queda chico- sonrió de costado.


Carcajada descreída de los varones. Asombro del lado de las chicas.


- Yo te voy a demostrar que eso es un mito. Mirá.


Agarré el preservativo y lo empecé a estirar. Cerré el puño de la mano izquierda y con la otra mano, despacio, coloqué el preservativo en el puño. Lo estiré y lo estiré hasta que cubrió la mano y llegó hasta por debajo de mi muñeca. Abrí la mano y el preservativo quedó como si fuera un mitón de látex.


- Ves, Guille? El preservativo se estira muchísimo y no se rompe, siempre que tengas cuidado y lo hagas con paciencia. Es imposible que te quede chico.

- Bah, no sé- contestó encogiéndose de hombros, todavía descreído.

- Claro que sí! Nadie la tiene así de grande! Vos conocés alguien que la tenga así de grande?

- No, pero si llego a conocer a alguien que la tenga así, te juro que te aviso.

domingo 1 de noviembre de 2009

very important people



Me encontraba con una amiga en el Havanna de Cabildo y Congreso. Sorprendentemente llegué temprano y me senté en una mesa frente a la puerta a esperar que llegue. Pedí un té con limón y me puse a leer una revista.


La moza volvió enseguida con el pedido.


Un té con limón humeante y al lado una pila así de alta de galletitas de naranja bañadas con chocolate.


- Hmmmm. Me parece que te confundiste de pedido. Yo te pedí un té con limón, solamente.

- Sí, lo sé - me respondió la moza- Las galletitas van de regalo.


Mi sueño de adolescente romanticona se había hecho realidad. Un admirador anónimo me había enviado galletitas de chocolate? Vamos, mi chiquita, me palmeé. Ni embarazada perdés los encantos. Eso de tener un talle más de corpiño está surtiendo efectos.


- Un regalo? - Pregunté batiendo las pestañas y lanzando un mechón de pelo al aire.

- Te las manda la chica que está en la caja.


La fantasía de convertirme en el objeto de deseo de un caballero enmascarado se pinchó como un globo. Me desilusioné un poquito.


Hasta que me dí vuelta para ver quien era el alma generosa.


Se me dibujó una sonrisa enorme cuando la ví sentada detrás de la barra con el uniforme marrón y verde y con cara de cajera eficiente.


Luli había sido una de mis jóvenes púberes un par de años atrás pero le habíamos perdido el rastro. Sabíamos que estaba bien, que vivía en pareja, y que estaba trabajando. Pero había cambiado su celular y no supimos más nada de su historia.


Me acerqué a la caja a darle un abrazo. Nos dimos un beso enorme, le agradecí las galletitas, se puso contenta al verme. Nos intercambiamos los teléfonos y me prometió venir a visitarme para que conozca a su pareja. "Estás grande", le dije. "Y sí, Dire, ya tengo 22" me contestó, con una mezcla de fastidio y verguenza.


Volví a mi lugar, desfilando entre las mesas. Con una sonrisa triunfante y con la sensación de que yo era un poco más importante que el resto de la gente del bar.


Con la misma sensación que tenía a los quince cuando el chico de la puerta del boliche me reconocía y me dejaba pasar gratis. O cuando el barman del bar de siempre, me servía la cerveza en vaso de vidrio, solo reservado para los habitués.


Pero esta vez, me sentí VIP gracias a un puñado de galletitas de chocolate y un abrazo enorme detrás de la caja registradora.

miércoles 28 de octubre de 2009

los hermanitos descarriados

En el extenso universo de mocosos descarriados a los que me gustaría acomodar de un cachetazo, los tres hermanitos Casiraghi encabezan el ránking


A Andrea lo encerraría en una oficina a laburar doce horas diarias desculando hormigas. Le cortaría el pelo y le explicaría que no, corazón, la vida no es todo rocanrol, marihuana y cruceros en Mónaco.





Con el pobre Pierre, me sinceraría con el corazón en la mano:
Pierre, mi chiquito rebelde, el que tiene onda verdaderamente es tu hermano y vos sos un gil. Dedicate a hacer algo de tu vida y conseguite un trabajo digno, de repositor en el Coto, por ejemplo.



Y a vos, Charlotte, maldita mocosa de genes perfectos, me da tanta desesperación que seas hermosa, joven y millonaria que te condenaría a viajar en el subte D a las nueve de la mañana vendiendo gomitas de pelo y mentitas.


Princesa Carolina, quedate tranquila, que ya estoy saliendo para Mónaco a repartirle sopapos aleccionadores a estos tres mocosos que te salieron mal llevados.