Hoy celebramos con ellos y le ponemos el hombro a Alex y José María
Vacunación compulsiva contra los prejuicios
Soy militante ferviente del morochismo masculino. Dame un Benicio del Toro, un Denzel, o un ohmygod Tye Diggs.
Camino a casa, entré a una fiambrería que no conocía. La atendían tres cincuentones grandotes con panzas prominentes. Seguramente tendrían los triglicéridos por las nubes a la fuerza de trabjar años en ese paraíso del colesterol. Y por supuesto, y gracias a alimentarse a puro queso cheddar, los tres tenían un humor excelente.
Me dijeron “reina”, “vida”, “mami, para cuando esperás?” y todo eso en menos de tres minutos.
Me hicieron probar el queso que compré. El Gordo número 1 me contó el pedigrí de las aceitunas con un esmero tal, que casi podía imaginar al chacarero cosechando las olivas en un campo de La Rioja. Le pregunté el precio del pategrás y esta vez me lo dio a probar junto a una tostadita de pan de campo.
Me entusiasmé y compré unas alcaparras, y como Gordo Nro. 2, que estaba en la caja no se acordaba del precio, me dijo “te las dejo a 4 pesos, mami, cualquier cosa si es más o menos, me avisás”

Acá va una historia de esas que ustedes disfrutan, picarones: 
A Andrea lo encerraría en una oficina a laburar doce horas diarias desculando hormigas. Le cortaría el pelo y le explicaría que no, corazón, la vida no es todo rocanrol, marihuana y cruceros en Mónaco.
Con el pobre Pierre, me sinceraría con el corazón en la mano:
Y a vos, Charlotte, maldita mocosa de genes perfectos, me da tanta desesperación que seas hermosa, joven y millonaria que te condenaría a viajar en el subte D a las nueve de la mañana vendiendo gomitas de pelo y mentitas.